viernes, 26 de abril de 2013

Suertudo y yo

Suertudo y yo

Mónica Esparza Patiño.

Víctor era un niño muy bueno que vivía en un puerto lejos de la gran
ciudad. Tenía una casa muy grande con unos techos altos y bellos, que
le hacía pensar que vivía en un castillo.

Un día su mamá le pidió que vaya a darle zanahorias a los conejos, a
el le aburría hacerlo pero pronto empezó a divertirse con ellos
haciendo trucos de magia.

Sucedió que de tanto jugar empezó a notar que todos los conejos eran
diferentes, algunos grandes, otros pequeños, unos gordos y otros
flacos. Pero uno de ellos le llamó mucho la atención pues tenía una
oreja para arriba y otra doblada. Le gustó tanto que le puso suertudo.

Jugaga a diario con suertudo el que rápidamente se convirtió en su
amigo y en su conejo favorito.

Los otros conejos celosos de la suerte de suertudo le dijeron que la
amistad con Victor se acabaría pronto, pues cuando el fuera un mago
famoso ya no le serviría, pues jamás lo pondría en su show por sus
orejas disparejas.

Suertudo se fue lejos y Victor sufrió mucho su pérdida. Su padre lo
consoló y le dijo: No te preocupes, el volverá, cuando damos amor a
nuestros amigos ellos siempre regresan.

Pasó el tiempo y un día mientras Victor jugaba en un parque vio que un
arbusto se movía y un rabito se podía ver por el costado. Encontró
para su sorpresa un conejo muy grande y hermoso con una oreja parada y
otra doblada:
Suertudo, le dijo gritando de emoción, volviste, sabía que vendrías.

Víctor abrazó a su amigo y suertudo se convirtió en su estrella en su
show de magia, aprendió que cuando uno encuentra un amigo, la amistad
es para siempre.


Quiny y Charlot


Quiny y Charlot
Mónica Esparza Patiño

Quiny era una perrita muy buena y engreída a la que sus amos querían,
vivía en una casita de madera muy especial. Ella se sentía amada y
feliz, hasta que un día llegó Charlot, una perrita pequeña adoptada
por la familia para que le haga compañía.

Quiny se enfureció al saber que iba a tener que compartir todo con
Charlot, desde su casa de madera, sus huesos y comida. Pero poco a
poco dejó de renegar y fue más amable.

Un día Charlot le dijo:
- Sabes, soy muy feliz viviendo contigo Quiny, eres muy especial, te
quiero tanto que quisiera que tu fueras mi mamá.

Quiny se extrañó mucho, no pensó jamás que Charlot la quisiera tanto
en tan corto tiempo y al ver la sinceridad de Charlot la quiso más que
a nadie, y desde aquel día la trató como a la hija que nunca tuvo.

Comprendió que cuando uno da amor a los demás este siempre trae bienes mayores.

Pelusa una osa graciosa


Pelusa, una osa graciosa
 
Mónica Esparza Patiño


Había una vez una osa muy graciosa llamada Pelusa, a quien le
encantaba llevar alegría y diversión a todas partes. Los animales del
bosque la querían mucho y siempre le decían:
- Pelusa, con tu alegría contagiante has cambiado mi vida.
- Pelusita, que feliz me haces cuando te ríes así.

Pasaban los años y pelusa se quedaba igualita, no envejecía ni
aparecían en su rostro arrugas, tampoco se enfermaba, al contrario,
era muy sana y tenía mucha energía.

Todos estaban extrañados con Pelusa y no se explicaban cual era el
secreto para la juventud eterna.

Un día pelusa haciendo sus muecas y bromeando como siempre les comentó
entre risas y carcajadas.

- Saben por qué yo siempre sigo igual y no envejezco.
- No sabemos, dijeron todos en coro.
- Lo que pasa es que yo siempre estoy alegre y la alegría es el
alimento para el alma que se refleja en mi juventud, así mismo, es la
mejor medicina para mi cuerpo por lo que ando bien de salud.

Desde aquel día todos los animales empezaron a imitar a Pelusa y en el
bello bosque todos vivieron jóvenes y sanos con desbordante alegría en
sus corazones.

 

Las tres palmeras


.Las tres palmeras

Mónica Esparza Patiño


En un extenso desierto vivían tres palmeras hermanas que de pequeñas
eran muy alegres y amigables. Sucedió que un día se empezaron a quejar
de todo lo que les pasaba, se aburrían del día a día y ya no tenían
más ilusión por la vida.

Si era verano se quejaban del calor y si era invierno del frío. Un día
la luna salió y de tanto escucharlas les habló:
- Por que mejor no se dejan de renegar y empiezan por apreciar la
belleza que hay a su alrededor.

- A qué te refieres, preguntaron las palmeras.

- A que si uno valora la belleza de vivir en armonía con lo que nos
rodea podrán vivir en paz y ser muy feliz. Recuerdan cuando eran
pequeñas, vivían al máximo sus días y el día se les hacía corto. Eran
muy divertidas y se las ingeniaban para jugar y reír de todo.

Las tres palmeras movieron sus hojas como aceptando el consejo y desde
ese día no volvieron a quejarse, sino más bien sonrieron más a menudo
y fueron felices viviendo en el desierto muy unidas.

La luz de tu corazón


La luz de tu corazón

Mónica Esparza Patiño

Había una vez una niña llamada Lulu que le tenía miedo a la oscuridad.
Todas las noches llamaba a su mamá para que la acompañara, y su mamá
se trasnochaba para que ella estuviera tranquila.

Un día le dijo.
- Hijita, por qué me llamas tanto, sabes que tengo sueño y despertarme
todas las noches me pone de mal humor.

- Lo que pasa es que tengo mucho miedo mamá.
- A qué le temes, le preguntó su madre intrigada.
- A la oscuridad, le dijo Lulu.

Pues no debes de temer. Sabes, tu tienes una luz interna muy poderosa
y está justo en el medio de tu corazón. Esa luz es producto de todo el
amor que sientes, por mi, por tu papi y tu hermana. Si piensas en esa
luz, ya nunca más sentirás temor.

Lulu vio mucha luz en su habitación a media noche y se puso feliz al
saber que la luz de su corazón alumbraría su vida para siempre.

Un día sin televisión
Mónica Esparza Patiño
En una pequeña casita vivían unas niñitas muy buenas y amorosas,
pasaban gran parte del día viendo sus programas favoritos en la
televisión.

Un día las sorprendió un apagón, ya no había luz en la casa.

- Qué horror, pensaron las niñas, y ahora qué hacemos.

Su madre sacó todos los juguetes del armario, las muñecas de la
repisa, y se puso a jugar con ellas.

Jugaban de todo un poco con tal de no aburrirse. Ese día saltaron y
bailaron, lo más lindo de ello fue que jugaron con su mamá y rieron
hasta el anochecer.

A la hora de dormir, las niñas abrazaron a su mamá con todo su corazón
y entendieron que un día sin televisión puede ser un día maravilloso y
muy divertido.

La luna se puso feliz


 
La luna se puso feliz
Mónica Esparza Patiño
En la inmensidad del cielo vive la luna, quien se siente muy triste y
apenada porque solo puede ser apreciada en las noches.

Un día las estrellas del cielo se juntaron y al ver lo desconsolada
que estaba la luna le dijeron:

-¿Por qué estás triste?
- Porque solo salgo en las noches y estoy rodeada de oscuridad, no
siento que sea divertido.
- Pero nosotras las estrellas brillamos a tu alrededor, te hacemos
compañía y no estás tu sola. Además, tu haces que las noches sean
románticas, que el sol se sienta acompañado cuando hay eclipse y que
las noches se vuelvan alegres con tu presencia, pues alumbras lo que
hay a tu alrededor.

La luna se puso feliz de sentirse valorada por las estrellas y
entendió que su presencia era importante para los demás, por lo que
era alguien muy especial.